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Contexto Sociocultural del VIH en Cartagena, Colombia (3ra Parte)
Resultados
Aun cuando se han implementado diversos planes y programas de prevención para controlar la difusión del VIH, las dinámicas sociales y los factores culturales locales generan un contexto propicio para que la infección continúe vigente. Al respecto debe ser resaltado que Cartagena es la ciudad de mayor desigualdad socioeconómica en relación con su número de habitantes tanto para el país como para América latina.
Aunque efectivamente las desigualdades sociales impactan la situación de la epidemia a nivel local va permeando los procesos de salud y enfermedad, existen otro tipo de elementos propios de lo sociocultural que determinan contextos de riesgo que sostienen y dan sentido al mantenimiento y reproducción de la enfermedad. En este sentido el riesgo de adquirir la infección está inmerso en un entramado de significados en los que interactúan la organización social, las relaciones de género y las representaciones sociales del placer y la sexualidad. La vida sexual en Cartagena responde a lógicas particulares que a su vez manifiestan un orden social específico. En consecuencia, aquello que desde la salud pública es promovido como “sexo seguro” en particular frente al uso del condón, encuentra dificultades para integrarse a las prácticas y racionalidades locales de lo que es deseable frente a una relación sexual.
EL RIESGO EN LA COTIDIANIDAD: SER COSTEÑO, FAMILIA, SEXUALIDAD Y GÉNERO
Las percepciones frente al riesgo de adquirir VIH, así como de hacer uso o no del condón, están fuertemente influenciadas por el tipo de organización familiar que actualmente se evidencia en Cartagena. La familia como eje central de la organización social se consolida como un espacio necesario para comprender los roles de género y por tanto la forma como se relacionan los hombres y las mujeres en la cotidianidad.
La estructura familiar en Cartagena es una construcción social y cultural producto del encuentro durante la colonia de las culturas indígena, africana y española, que se articularon en un contexto marcado por su carácter portuario y esclavista, la estructura familiar cartagenera se inscribe dentro de lo que se denomina el complejo familiar costerofuvial, cuyas características básicas recaen en la constitución de formas de facto, con dos tipos de modalidades tipológicas: la primera de ellas siendo la monogamia marcada especialmente por la uniones libres, y la segunda la poliginia, en la que se incluye la poliginia de soltero y el concubinato o poliginia de casado. En concordancia con esta descripción, en el estudio se encontró que el inicio de la vida en pareja suele estar marcado por una relación de unión libre que con el tiempo puede presentar variaciones propias de la poliginia encubierta.
Este tipo de estructura familiar cambia permanentemente; su dinamismo exige que se entienda teniendo en cuenta una trayectoria temporal para, de esta forma, dar cuenta de cómo se estructura y reestructura en la historia de vida de los individuos. La constitución de la unidad doméstica atraviesa por diversas fases en el tiempo, y en este sentido, la primera de ellas se daría por el establecimiento de una unión libre. De esta primera unión es posible que surjan hijos, cuyo sostenimiento económico es responsabilidad del padre, mientras que las necesidades afectivas y de cuidado las debe proveer la madre. La unión puede permanecer monógama, aunque es frecuente que pase por una etapa de poliginia encubierta en la que el hombre mantiene relaciones con otras mujeres, siendo ésta una dinámica que se inserta en la unión libre de manera transitoria o permanente. Esta situación puede generar inestabilidad en la unión, llevándola a su separación y permitiendo que tanto el hombre como la mujer establezcan una nueva unión, lo que vendría a ser una tercera fase. De la segunda unión es importante resaltar que el hombre suele hacerse cargo de los hijos de la primera unión y de los propios, según sea el caso. el hombre cumple entonces la función de mantener el hogar siendo el proveedor económico, no sólo en cuanto a la alimentación y educación, sino que también opera como el proveedor de los bienes materiales que componen la casa, como la nevera, el televisor, la cocina entre otros.
Todas las mujeres lo que dicen es que no hay hombre que no sea infel. Y entonces le perdonan la infidelidad porque el hombre responde en casa. Mira yo vi a un ex cuñado mío, o sea que fue esposo de mi hermana siendo infel (…). Mi papá creo que se dio cuenta, o escuchaba los rumores y mi papa decía “pero bueno él responde en la casa, le tiene la nevera llena, le paga los colegios al niño y ya, y seguramente cumple con sus deberes en la casa y ya, es un buen hombre. Y ya” (entrevista a mujer de veintiocho años, Cartagena).
Sí, mi papá me decía: “no, pues, usted tiene es que estudiar, capacitarse primero para que, después, se lleve una muchacha a vivir, para que pueda ser responsable y comprarle todas sus cosas …” (entrevista a hombre de treinta y cinco años).
Las mujeres en particular, reportaron de tres a cuatro uniones de hecho, con periodos cortos de tiempo entre ellas, de tal forma que sus hijos pasarían a cargo de la pareja momentánea, es así como se establecen dinámicas familiares en las que la figura paterna es transitiva y difusa mientras que la de la madre permanece estable. La estructura familiar cumple con un ciclo continuo, en el que con la llegada de un hombre a la unidad doméstica se pasa por un periodo de procreación, auspicio de la mujer y su descendencia, y por último abandono del hogar. El hombre, en este orden de ideas, es representado como una figura momentánea y funcional que permite el mantenimiento económico del hogar.
—Cuando el hombre se va, ¿quién se queda con las cosas de la casa?
—PS: Uno cuando se compromete con un hombre todo lo que uno tiene o lo que se compró es ganancia. Si uno tiene una casa o una plancha o un televisor, uno se gana eso como de premio (entrevista a mujer de treinta y ocho años, Cartagena).
Ahora bien, dentro de la estructura familiar cartagenera, debemos señalar dos aspectos que nos permiten contextualizar el problema del riesgo: Los estereotipos del hombre y la mujer costeños, y los roles de género que determinan las maneras de actuar y tomar decisiones frente a la sexualidad. en este sentido, la poliginia y las uniones seriadas son un factor que añade un nivel de complejidad a la idea de riesgo, su significado y su función dentro de las prácticas sexuales, ya que este tipo de familia permite entender la racionalidad de los roles y cómo el riesgo se inserta en la vida de las personas. el tipo de familia permite entender múltiples redes sociales en las cuales son los hombres quienes, por pertenecer al espacio público y por su naturaleza, tienen múltiples encuentros sexuales paralelos a su pareja estable. Por esto mismo se percibe que son ellos quienes sopesan el problema del riesgo de infección y por ende negocian el uso o no uso del condón. Por otro lado, el espacio privado, vinculado a la mujer de la casa, es un área simbólica en la que la percepción del riesgo se ve disminuida. allí se evidencia que este espacio es considerado como un lugar al que se le debe respeto, intimidad, confianza, placer y protección, y en el que el uso del condón no tiene cabida .
Considero que por lo que… por la libertad de que tenemos nosotros los hombres. Que nos facilita más la relación en la calle que a la mujer andamos de aquí para allá, de allá para acá, y se nos facilitan más las relaciones que a la mujer. (Entrevista a hombre de treinta y cinco años, Cartagena).
Yo digo que las mujeres se infectan por lo mismo. Porque habemos hombres que no… habemos muchos hombres que no nos protegemos en la calle. Si por lo menos conocemos mañana una muchacha y la muchacha es bonita y tai y tatai, y uno está bien parecido y muy bien presentado, y uno tiene una relación con ella, y ella ni por ahí se va a imaginar que uno esté enfermo. Uno tampoco se imagina que ella pueda estar enferma tampoco (entrevista a hombre de treinta y cinco años, Cartagena).
Estas maneras de pensar la sexualidad dentro de espacios públicos y privados pueden ser entendidas desde las formas como los habitantes del Caribe se autoperciben a sí como desde las formas como son estereotipados y escenificados. Así, es frecuente la diferenciación que hacen de sí mismos frente a otras poblaciones del país: “los costeños somos calientes, no como los del interior… es nuestra naturaleza… somos así” (entrevista a hombre de cuarenta años, Cartagena). En este sentido, los estereotipos sobre las personas de la costa Caribe son usados para definir la identidad costeña en la que se determinan atribuciones sociales para los roles esperados de cada género, esto resulta importante para dar cuenta de cómo los individuos dentro sus nichos sociales hacen uso del concepto de riesgo y toman, sobre esta base, decisiones sobre el uso o no del condón.
Sex: Are Teens Listening?*
These days, the relationship between age and sex has become more blurred. In our current media landscape, we see images of sex portrayed in commercials, music videos, and television shows increasingly geared toward younger audiences. Even the way we talk about sex seems to have changed. Why is it that sex is no longer as taboo a subject? And is this change a good thing? Diane Levin, a children’s author, just wrote “So Sex, So Soon: The New Sexualized Childhood” in which she talks about ways parents can protect their children from the dangers that seem to be all around us. Limiting the negative information that children can find in a web search has become a popular pastime for worrying parents, while simultaneously more websites for teens abound that give all kinds of information about sex, some helpful and others less so. Teens used to get their information only from parents, schools, or by word-of-mouth. Now they seem to be able to access it from anywhere, and more than that, it is readily provided to them. A battle seems to exist between advertisers, who see a new and profitable market in children, and the parents and loved ones that are involved in these children’s lives.
With the landscape changing dramatically and undeniably for newer generations, we now see stronger opposition from the same proponents that have been waging the abstinence-only fight for years, with much support coming from religious institutions. Just recently, the National Abstinence Education Association began the Parents for Truth campaign aimed at enlisting over 1 million adults in a lobbying effort against comprehensive sex education in public schools. At the same time, health care providers at Planned Parenthood, an organization that supports reproductive freedom, cite studies that show teaching abstinence in schools does nothing to curb sexual behavior for teenagers in the long run. Many say that if things are changing, the way we talk to kids needs to change. The general assumption is that there is more honesty and less sugarcoating of information for our kids, and we could benefit from filtering and articulating the barrage of information about sex so that children can still learn the facts and what is morally sound from their parents. This might mean more pressure on parents to have the “sex talk” at earlier ages.
Is there a problem in having the wrong information versus having no information? What do the competing viewpoints of the media, churches, and parents suggest about how our culture is changing and the ways we think about sex? Why do you think there so much controversy? And what about the bigger issue of sex education and its place in schools, the main source of information for our children: is there a right or wrong way to teach or learn about it?
*Written by Ashley Villarreal, TDN Local Health Reporter
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